Marcial del Pino
Febrero de 1969. Porcuna. Profesor de tecnología y aficionado a escribir cuentos. Ganador de varios concursos literarios y autor del libro Relatos para leer a pie de orilla publicado en 2013. Colaborador en relatos Ipolka I, II y III. Actualmente ultima una pequeña novela de aventuras Príncipe de Ibolca como un compromiso con el mundo ibero, siguiendo la brillante estela de otros autores locales en este tema. Y toma con este inicio del Pintor de tu alma el reto nada sencillo de escribir una novela que su primer capítulo será entregada en pequeños episodios en esta revista.

EL PINTOR DE TU ALMA

Parte I (Publicada en el boletín nº2, abril 2014)

Era mucho más alta y atractiva de lo que había imaginado, como una amapola destacando solitaria en la pradera; rompiendo la verde hegemonía del trigal y las tiernas espigas. La piel cobriza le recordó el color de las montañas de minerales de las minas de Rio Tinto y su largo cabello tenía una…

No, eso no es verdad. Siempre la imagino así —incluso antes de que se cruzara en su camino. Solo que al verla no se lo creyó por completo. Las fotografías que le mandó por WhatsApp fueron un tanto imprecisas porque no mostraban la verdadera magnitud física de la mujer. Pero allí estaba él, en la distancia protectora, viéndola llegar al lugar convenido: la puerta exterior de la coqueta cafetería del centro comercial. Esperando a que se sentara en el velador azul y abriera un libro con pastas negras como señal inequívoca.

Se aproximó sin pensarlo dos veces, con un paso entrecortado y una sonrisa sincera y temblorosa, esperando enfrentar sus ojos a los de ella, que levantó la mirada en un acto reflejo. Pero lo que la mujer esperaba no era a él, al auténtico, sino al que su deseo, el de un corazón aniquilado, había construido en un intento de huir de los hombres mediocres y falsos. Ignoró así al anónimo que interfería su visión y cuyo talante le era completamente indiferente, tanto como un grano de arena en una de las miles dunas de un desierto. A él todavía le quedaba por dar unos cuantos pasos antes de poder presentarse.

Aprovechó esa distracción —indiferencia real de Anabel— para impregnarse la vista de todo detalle. Tal vez un poco más delgada de lo que el peso declarado en el vertiginoso intercambio de descripciones hacía presuponer; la piel oscurecida con belleza efímera por el sol de la costa; un cigarrillo sin encender entre los dedos que no le gustaba mucho y que sin embargo le daba un toque interesante y extravagante de chica decidida e independiente; la mirada esquiva en unos ojos enormes; la chaquetilla naranja; los rasgados pantalones vaqueros; calzado de tirillas de piel y sin tacones. Y, desde luego,  muy atractiva y exultante.

—Hola soy David —ahora ya sí era el momento de decirlo.

Anabel fijó la mirada durante un segundo, que pareció una eternidad. Dudó, observó de nuevo y finalmente certificó que ese chico, más bien bajo, un poco destartalado y con voz poco seductora, era realmente el mismo con el que había conversado por Badoo, Facebook y WhatsApp a lo largo de dos semanas. A veces durante más de tres horas seguidas, repitiéndose las mismas cosas sin llegar al aburrimiento. Él volvió a sonreír maquinalmente, mostrando la perfecta y blanqueada dentadura. Sabía que mostrar un rostro amable, simpático y seguro era fundamental, según leyó en un libro sobre el arte de seducir. Anabel bajó los ojos denotando en el rostro una creciente decepción, como de niña a la que no le gustó el regalo. David no era ajeno a esa  hiriente expresión. Ya la había experimentado en otras ocasiones pero sabía que ahora este fracaso lo hundiría por mucho tiempo.

—¿Qué hacemos ahora? —inquirió con un tono seguro.

Si David hizo esa pregunta acelerada fue porque sintió la necesidad de decir algo, viendo la inexpresividad de ella. Apretó los dientes cuando observó una reacción en la chica y experimentó el miedo creciente que le aceleró el ritmo cardíaco y la sudoración. Ojalá pudiera evaporarse pero tenía que mantener la compostura. Anabel había tomado una decisión. Antes de expresarse optó por sorber un poco café. Fue un sorbo premeditado, pausado, largo, delicado y aderezado con un tono de indiferencia. Y la indiferencia mostraba la seguridad de lo que iba a decir. Apoyó delicadamente la taza sobre el plato; enfrentó la mirada de David e inició el movimiento de los labios para dar una respuesta.

Parte II (Publicada en el boletín nº3, julio 2014)

Y la apatía rubricaba la seguridad que tenía de lo que iba a decir. Apoyó delicadamente la taza sobre el plato; enfrentó la mirada de David e inició el movimiento de los labios para dar una respuesta.

—Vámonos entonces —contestó ella con agraciado tonillo cordobés.

¿Por qué la eligió a ella? ¿Por qué Anabel aceptó como dispendio a sus servicios una cena barata y grasienta en un lugar insípido, en la angostura enmohecida y rancia de las callejuelas del centro histórico, dentro de una tasca maloliente e incómoda? ¿Por qué hizo tantos kilómetros si en la costa del Sol tenía feligreses de sobra? Por parte de David solo fue la casualidad. El azar motivado por no encontrar lo que deseaba y verse obligado a cambiar sus estrategias. Primero jóvenes guapas que viviesen cerca. Luego no tan guapas, ni jóvenes. Después más lejanas. Rápidamente cambio su estatura, su edad, el oficio, las aficiones y los ingresos. Al punto retocó las fotos en un aprendizaje acelerado e improvisado de la vida virtual. Así consiguió el interés de siete mujeres. A dos las descartó por no cumplir los parámetros, a la tercera por resultar una pedigüeña a la que la mala fortuna rompía electrodomésticos que ni siquiera tenía. Y luego ¿cómo quedarse solo con una? O más inteligente todavía: ¿con quién intentarlo primero sin que las demás dejasen de mantener contacto? De las cuatro, tres se diluyeron en el universo digital como terrones de azúcar en un vaso de agua —simplemente dejaron de atender sus mensajes—. Así ya solo quedó Anabel, la profesional, la segura,  la que más garantías le ofrecía y a un mejor precio: solo una cena sin pretensiones ofrecida como parte del juego de la seudo-seducción.

Por su parte Anabel no había sido una sola, si no varias en la atrayente travesura de los contactos por internet. Se creó cuatro perfiles y solo en uno puso la verdadera foto. En las otras se arriesgó a usurpar la identidad de chicas que vivían muy lejos de ella. Esa táctica la ideó para conocer a ese hombre llamado David, desde la perspectiva de cuatro rostros bonitos que interrogaban y desnudaban el corazón —o tal vez todo lo contrario—  para ver las reacciones, los defectos, las virtudes y descubrir las mentiras en el lado amable y en el lado oculto. Y luego empleó el papel y la estilográfica para hacer una valoración de cada faceta. Puntuó los aspectos diversos y le puso un peso específico a cada uno. Sumó sus masas mil veces en la balanza de precisión e hizo un simulacro de matemáticas financieras, como queriendo sacar de donde no había o, si había mucho, queriendo obtener más. Así estuvo hasta que se rindió a la evidencia de la burbuja que se había creado en su interior: Se había enamorado de un auténtico galán. Del galán más galán de todos los galanes.

—¿Te ha gustado la cena? —Esta fue la única frase que David supo sacar de sí durante todo ese tiempo. La inmutabilidad de Anabel lo bloqueó y anuló hasta tal punto que la lengua se hizo de una densidad metálica y sin articulación.

—No estuvo mal —respondió ella con sequedad. Una sequedad que el acento no pudo atenuar y con el que lo culpaba y castigaba por no ser en apariencia física, ni con la actitud ni la verborrea, quien demostrara ser tras el ordenador.

—¿Vamos a mi piso entonces? —David tenía ya una urgencia desesperada por que se cumpliera lo pactado.

Parte III (Publicada en el boletín nº4, octubre 2014)

—¿Y no me vas a invitar a una copa? —Anabel quería así sacar más provecho a esta cita, como buscando un despecho, una venganza, un arrepentimiento a un mal trato de la venta de su cuerpo que tenía que mejorar de cualquier modo. Buscaba al menos una rentabilidad  alcohólica que sedara el gran vacío que la desilusión le había horadado en su ser.

—Sí, por supuesto —esta proposición alentó a David. Para él fue un guiño de confianza.

David optó por la pequeña terraza del parador para agasajar con la copa a Anabel. Quería aportarse así mismo un valor añadido de distinción y buen gusto con ese lugar de íntima naturaleza; aunque sabía que Anabel estaría acostumbrada a eso. Deseaba de este modo ganarse al menos una sonrisa de la musa; un arqueo bondadoso de los gruesos labios acompañada de esa mirada de ojos de zafiros trasparentes e hipnotizadores. Sin embargo, Anabel solo se limitó a beber el combinado y a fumar ininterrumpidamente, esquivando su mirada. Ella prefería observar la ciudad de Jaén, en la visión más impresionante de la misma, la que hay desde la altura del Parador del Castillo de Santa Catalina. La iluminaria y lejanía de la urbe ofrecía un lado amable y sugestivo. David observó el perfil de Anabel sin tapujos, se deleitó con sus ojos. Cuando Anabel y David levantaron, ella se fue hacia la baranda próxima al precipicio y volvió a observar la urbe, como si quisiera retener esa imagen sabiendo que esta sería la primera y la última vez que estaría en aquel lugar. David sintió un deseo irrefrenable de acercarse por detrás, tomarla de la cintura y susurrarle las más arriesgadas y comprometidas palabras:

—Te quiero.

Anabel rodeo el cuerpo cuando sintió que David se había acercado más de lo que debía.

—Vayamos a tu piso y terminemos  con esto —ordenó ella antes de que avanzara él un solo milímetro más.

Dentro del utilitario de David, el silencio adquiría una densidad y una viscosidad como de miel solidificándose en un frasco transparente. Para él, era un silencio dulce y seco que no alcanzaba a saborear y dentro del cual se sentía como un insecto con las alas pegadas, con el cuerpo hacia arriba y condenado a la lenta agonía de la inanición.

Mientras descendían la serpenteante carretera asfaltada del castillo de Santa Catalina, Anabel fijaba la miraba en la obscuridad del margen derecho, distinguiendo las esbeltas sombras de los pinos, los anchos volúmenes de los olivos y las claridades de las fachadas de algún edificio. Era una visión vacua, con la que entretenía el cerebro de cualquier pensamiento y que acompañaba con el soniquete del run-run del utilitario, afectado de un constipado crónico. Anabel proyectó un suspiro de vaho sobre la luna de la puerta del copiloto y este se adhirió al cristal como un superviviente lo hace a la vida en un hábitat inhóspito o tal vez como un alpinista a una pared vertical en una altura aterradora. Un bache inesperado hizo que ambos despertaran de  sus distintos letargos. Instintivamente, David frenó de forma brusca; el coche giró noventa grados y los cuerpos fueron sacudidos por la brusca y desagradable desaceleración. Una distraída ardilla de color pardo se cruzó indiferente en ese preciso momento y los dos celebraron para sus adentros aquel despropósito. Pero ni siquiera se miraron ni dijeron nada. Él arrancó el vehículo y continuó el camino sin mostrar ningún tipo emoción. Al finalizar el tramo, giró a la izquierda iniciando la llamada Carretera de la Circunvalación.

Parte IV (Publicada en 90 días en Porcuna nº1, enero 2015)

Cuando el vehículo rodó unos cuantos cientos de metros de la circunvalación, Anabel pidió que parase el coche pero David no pareció estar dispuesto a transigir  y detenerse. Ella se sintió agobiada y echó mano a la manecilla de la puerta.

—Solo avanzo un poco para buscar un lugar donde aparcar —explicó David, temiendo lo peor—, aquí la policía municipal está muy crecida y tiene poca condescendencia con los ciudadanos… en lo que al aparcamiento se refiere, claro.

Realmente David buscaba ese espacio porque los dos márgenes de la carretera estaban atiborrados de vehículos. Al poco desaceleró y con una calma que desesperaba a la mujer, aparcó el coche. Ella no esperó a que el vehículo quedara estático; bajó y se marchó con un paso acelerado. David respiró profundamente; apagó el vehículo y decidió que tendría que seguirla para al menos intentar disculparse por aquella ridícula situación que sobrepasaba de sobremanera su habitual forma de ser y de comportarse. Se lo debía a ella y se lo debía, sobre todo, así mismo.

La encontró un poco más atrás de donde paró, sentada en el agraciado mirador desde el que se contempla con toda la majestuosidad de la joya que emerge de entre los edificios, a la hermosísima y esplendorosa catedral de Jaén. La catedral de Jaén es bella desde múltiples perspectivas, salvo la que se tiene entrando por la carretera de Madrid porque un artificial manto verde le rompe el protagonismo. Ese manto lo forman las contaminantes letras de El Cortes Inglés como una supremacía irreverente impuesta por el poder económico. Al menos así lo pensaba David, que salvo las vistas del exterior de la pequeña urbe, en poco la apreciaba desde mucho tiempo atrás, pues por entero estuvo muy contaminada, no solo por los humos de los vehículos, que hubiese reducido un buen plan medioambiental, sino también por la contaminación de las heces y los líquidos amarillos de las mascotas que aquellas gentes les permitían depositar en los acerados, desde la del remilgado catedrático hasta la del más poligonero de los habitantes. Esta contaminación siguen ejerciendo también las glorietas metálicas que se asemejaban a las de un parque infantil, o a las se asemejan a las de la costa mediterránea, y que lejos de ser buenos embajadores de los tesoros iberos de los que quieren presumir —aunque alegres y originales— son una invitación, en la mayoría de los casos, a la falta de sensibilidad cultural generalizada. David vivía allí por un motivo coyuntural: un trabajo que le permitía sobrevivir.

Por suerte para Anabel, ella no estaba contagiada por el pesimismo y el rencor de David hacia la ciudad del Santo Rostro. Todo cuanto veía le parecía maravilloso y único porque así lo era y es realmente. Aquel menudo mirador y aquella vista de la joya de Jaén (un regalo para personas sensibles) despertaron en ella sentimientos de amor que creía muertos. Apreció entonces la necesidad de ser querida, de percibir el mismo afecto que sintió con los mensajes de David a través de internet. De que David, pese a no ser como esperaba, se acercara a ella, le susurrara algunas palabras de ternura y compartieran juntos aquel momento que le pareció especial, mágico y premonitorio. Cuando notó su presencia rodeo la cara y lo miró profundamente a los ojos, como implorando, o más bien ordenando, un abrazo. David era ajeno a ese deseo. La aspereza y distanciamiento que mostrara desde un principio Anabel lo tenía bloqueado. Muy serio y lejos de pedir disculpas, como en un principio pensaba hacer, se comportó con hosquedad.

—¿Sigue o no sigue en pie el trato? —vomitó.

—Sí… claro —contestó Anabel sintiéndose como un objeto, conteniendo las lágrimas—. A ningún cliente he fallado nunca —añadió con frialdad después y esa frialdad fue como una daga penetrando un milímetro más en el corazón de David.

Con el paso apresurado se dirigieron de nuevo al vehículo: los dos querían zanjar de una vez aquel encuentro y consumar el trato que los tenía ridículamente relacionados. Ella cerró la puerta del viejo SEAT Ibiza con sutileza; él, sin embargo, dio un portazo seco que hizo vibrar todo el habitáculo.

Parte V (Publicada en 90 días en Porcuna nº2, julio 2014)

Mientras que Anabel cerró con sutileza la puerta del vehículo, él dio un portazo. Inmediatamente se arrepintió de haber sacado de su interior tan desagradable agresividad. Esa faceta suya la desconocía y lo asustó hasta el punto que renegó de si mismo. Nunca antes, tratar con una mujer había provocado esto en él.

—Perdón —rogó con la voz temblorosa.

Anabel no dijo nada.

El trayecto hacia el barrio de David fue breve pero, sus silencios, lo hicieron eterno. Anabel invirtió la transitoria eternidad en observar mejor el interior de aquel constipado vehículo y lo vio impoluto. Antes no había reparado en la meticulosa limpieza; los dos caramelos de naranja del salpicadero; ni en el olor a lavanda del ambientador. Miró en los asientos traseros y vio un clavel rojo y un peluche verde de rana, colocados con intencionalidad. Estaba claro que David debió releer cada una de sus conversaciones; recopiló de entre cientos de frases las que contenían sus gustos y se esmeró al máximo en hacer agradable el trayecto. «¿Flor favorita?: ¿Para una cordobesa?… El clavel… de rojo intenso, por supuesto. ¿Olor favorito para tu casa?: la frescura de lavanda. ¿Y tu mascota?: el reportero más dicharachero de Barrio Sésamo. Es decir, la rana Gustavo. ¿Y tus caramelos?: lo mismo que la fruta: con sabor a naranja». Anabel intuyó un frasco de colonia cara en el compartimento del salpicadero: sería demasiado perfecto para un hombre que no encajaba en su tipo y que había mentido sobre su verdadero aspecto. Movió la mano hacia el compartimento del salpicadero para satisfacer la curiosidad; se sonrió pero luego pensó que era un atrevimiento, por eso tomó uno de los caramelos, lo abrió. Después de saborearlo sonrió de nuevo, tomó el otro, lo desnudó de papel y lo acercó con la mano a los labios de David. Él lo aceptó con sumo agrado y ese gesto de dar y recibir un simple caramelo desvaneció la tensión entre ellos como un soplo de aire intenso barre una niebla persistente.

Por fin llegaron. David vivía en un edificio anticuado, de fachada abandonada y salvaguardado por una destartalada y pateada puerta de madera. Anabel, pese a su experiencia, sintió que no estaba preparada, retrocedió un paso y topó con el cuerpo de David que la confortó a su manera, siempre desafortunado:

—Tranquila, mujer, no hay ratas.

Esa frase la hizo esbozar una leve sonrisa a pesar de que solo escuchar la palabra «rata», aunque fuese de broma, le producía repugnancia extrema. Por unos segundos recordó el verdadero motivo que la había llevado hasta allí: David, David sin más.

La puerta se abrió de pronto: era un longevo y diminuto vecino que salía a esas horas a dar un paseo nocturno. Tras la puerta, la escena que Anabel contempló era peor a la temida. Una tenue y parpadeante luz de tubo fluorescente dejaba vislumbrar un ascensor al fondo del cochambroso portal. El portal era en sí una pesadilla, con suelos de mosaicos sueltos; desportillados unos y agrietados otros; una bicicleta desguazada sobre la sucia pared; litronas vacías; dos bolsas de basura y una amplia, pegajosa y pestilente mancha bajo las mismas.

—Tengo la mejor comunidad de vecinos de todo Jaén —ironizó David—, pero no me quejo. Al menos estos vecinos míos no tienen mascotas mal educadas.

Subieron en el ascensor hasta la cuarta planta sin ser capaces de enfrentar las miradas, como en una actitud de adolescentes avergonzados ante las primeras señales del desconocido, doloroso y excitante mundo del primer amor. Ya arriba, frente a la puerta del piso, David rebuscó torpemente en su bolsillo y sacó un prosaico llavero.

—Sólo tres llaves, ¡qué triste! —pensó Anabel, suponiendo que una sería la del portal, otra la del piso y la última la de la terraza, puesto que la del buzón debería ser más pequeña. Normal, típico en el caso de un hombre inseguro y gris como él —divagaba Anabel.

David, ajeno a los pensamientos de ella, giró la llave, empujó la puerta y presionó el interruptor de la entrada y la luz, como si fuese el recurso precitado de un mago en su peor velada, mostró ante ella un acogedor salón, que hizo tambalear parte de los prejuicios que Anabel había ido acumulando a lo largo de la noche y que solo el sabor dulce del caramelo de naranja había suavizado.